Abinader y Bukele: dos modelos de poder en América Latina
En un contexto de fuerte polarización y de falta de confianza en las
instituciones, dos líderes de la región han captado la atención por sus maneras
de gobernar y sus resultados concretos: en República Dominicana Luis Abinader y
en El Salvador Nayib Bukele.
Ambos han cambiado sus países, pero con
modelos de gestión radicalmente distintos. Uno con apuesta por las
instituciones y el desarrollo sostenible; el otro, por resultados rápidos y
control político.
Un poder
respetuoso poco común en América Latina
El presidente dominicano, Abinader, ha
gobernado con una austeridad poco común en el hemisferio. A pesar de contar con
altos niveles de popularidad —superiores al 60% incluso en su quinto año de
mandato— ha reiterado que no intentará cambiar la Carta Magna para volver a
presentarse, al contrario, envió al Congreso un proyecto de ley para prohibir
en el futuro que un presidente pueda ser elegido más de dos veces y no se le pueda
elegir más.
En una región donde muchos líderes han sucumbido a la tentación de
perpetuarse en el poder, su decisión refuerza la ética de la alternancia y el
respeto a las reglas del juego democrático.
En cambio, el salvadoreño Nayib Bukele ha concentrado un poder casi total.
Desde la destitución de magistrados en 2021 hasta la aplicación de un estado de
excepción que ha suspendido garantías constitucionales, su estilo se asemeja
más a los caudillos del siglo XX que a los líderes democráticos del siglo XXI.
Sin embargo, él cuenta con un apoyo arrollador.
Inversión y crecimiento
República Dominicana se ha convertido en uno de los destinos favoritos para
la inversión extranjera directa de América Latina. En 2024, recibió más de
US$4,000 millones, y en algunos trimestres llegó a superar en entrada de
inversiones a países como Perú y Colombia. Su estabilidad macroeconómica, su
apertura comercial y su ubicación estratégica han sido sus baluartes.
Mientras tanto, El Salvador ha apostado por ser un país innovador y por
proyectos faraónicos, como la adopción del Bitcoin como moneda de curso legal
(ya abandonada), o el de Surf City. Si bien ha captado inversión en
infraestructuras, su modelo es más dependiente de la imagen de su presidente
que de una estrategia económica diversificada.
Obras con rostro social
Luis Abinader ha hecho de la infraestructura una prioridad de Estado. En la
capital, sobresale el Metro y el Teleférico de Los Alcarrizos, la Ciudad
Judicial o la ampliación de avenidas troncales. Pero, además, no ha concentrado
la inversión en la ciudad, con miles de obras en todo el país, haciendo un país
más equitativo.
En Santiago de los Caballeros, se levanta el Sistema Integrado de
Transporte, que suma el Monorriel —un sistema semipesado con trenes de
neumáticos— y el Teleférico, que ya funciona en el centro histórico. Con estas
obras, se busca modernizar el transporte público y aliviar la congestión,
repitiendo el modelo exitoso de Santo Domingo.
Por último, hay que sumar la impresionante construcción y reconstrucción de
viviendas, escuelas, y hospitales. Miles de hogares han accedido a viviendas
dignas; se han inaugurado decenas de escuelas en territorios rurales y urbanos;
y la red de salud pública se ha fortificado con nuevos hospitales y centros de
atención primaria. En estos capítulos, la gestión de Abinader triplica la de
sus antecesores.
Por su parte, Bukele ha apostado por proyectos emblemáticos, como el
viaducto del bypass de La Libertad o por la modernización del aeropuerto. En
salud y educación, hizo algunos aportes puntuales, pero no con un plan nacional
comparable en escala y cobertura.
Seguridad: mano dura con institucionalidad
Uno de los triunfos menos mediáticos, pero más trascendentes, del gobierno
de Abinader, es la lucha al narcotráfico y crimen organizado. La estrategia fue
destacada por el Gobierno de Estados Unidos, que hace pocos días pidió a
República Dominicana que valorara presentar a un candidato para liderar la
Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC).
En su nota oficial, Washington señaló que “la República Dominicana cuenta con el historial y el compromiso
necesarios en materia de control de drogas y lucha contra el crimen organizado
para proponer un candidato con capacidad de liderazgo”. Un aval que no solo
valida las políticas que ha aplicado, sino que además sitúa al país como
referente regional en buenas prácticas en materia de seguridad.
Bukele, en cambio, ha logrado que los homicidios hayan caído a mínimos
históricos, pero bajo un estado de excepción que ha suspendido garantías
constitucionales. Más de 70,000 personas han sido arrestadas, con denuncias de
torturas y detenciones arbitrarias. Su política de mano dura ha sido alabada
por algunos, pero también rechazada por los organismos internacionales.
Dos modelos en juego
Los dos cambiaron sus países, pero con herramientas opuestas. Abinader
representa la apuesta por las instituciones, la equidad territorial, y el
desarrollo sostenible. Mientras que Bukele por la eficacia rápida en seguridad
con estado de excepción con fuerzas militares y policiales permanentes en las
calles, el control del poder y el relato de la ruptura.
El tiempo dará o quitará la razón a estas dos formas de entender el poder, y no solo a la hora de mirar las cifras de inversión o los kilómetros de carreteras y calles asfaltadas, sino por la calidad institucional y democrática, la equidad económica y social, así como la capacidad de edificar naciones donde el progreso no se lleve por delante las libertades.
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