Cuando la infancia se quiebra
La infancia se quiebra cuando una niña es asesinada en
Puerto Plata, cuando un padrastro con apenas dos meses en un hogar termina
lanzado desde un segundo piso y cuando una niña hiere a sus propios padres.
Estos hechos, lejos de ser
sucesos aislados o simples episodios de violencia doméstica, revelan una
fractura profunda en la protección familiar y un abandono alarmante de la salud
mental infantil. Detrás de cada uno hay señales ignoradas, emociones no
atendidas y una sociedad que sigue llegando tarde, solo después de que el daño
ya es irreversible.
No se trata de afirmar que
toda violencia extrema sea consecuencia directa de una enfermedad mental. Sería
una conclusión irresponsable. Sin embargo, también resulta peligroso minimizar
el papel que juegan la depresión, los trastornos emocionales, el trauma y la
violencia intrafamiliar cuando no son detectados ni tratados a tiempo.
Estos hechos no surgen de
manera espontánea; se gestan en entornos donde el dolor se acumula, donde la
agresión se normaliza y donde nadie escucha hasta que la tragedia estalla.
El asesinato de la niña en
Puerto Plata expone una realidad lacerante, hogares donde la violencia
deja de ser una excepción y se convierte en rutina. Más allá de la
responsabilidad penal que corresponde, este crimen evidencia un entorno
familiar profundamente deteriorado, sin redes de apoyo ni mecanismos eficaces
de alerta temprana.
Cuando una niña muere a manos
de quienes debían protegerla, no solo falla una persona; fallan la familia
extendida, la comunidad, la escuela y las instituciones encargadas de velar por
la niñez.
El caso del padrastro que
llevaba apenas dos meses en el hogar y fue lanzado desde un segundo piso revela
otro rostro del mismo problema. Las relaciones improvisadas, la imposición
acelerada de figuras de autoridad y la ausencia de procesos de adaptación emocional
generan tensiones profundas.
En muchos hogares, los niños
son obligados a aceptar cambios radicales sin acompañamiento psicológico ni
espacios para expresar sus emociones. En ese contexto, la impulsividad, la ira
y la violencia se convierten en respuestas frecuentes ante el estrés crónico.
Aún más alarmante es el hecho
de la niña que hirió a sus padres. Este caso constituye una señal clara de
alerta en materia de salud mental infantil. La depresión en los niños rara vez
se manifiesta como tristeza silenciosa; con frecuencia aparece como agresividad
extrema, rebeldía persistente o conductas violentas. Cuando un menor ataca a
sus propios padres, casi nunca se trata de maldad innata, sino de un dolor
profundo que no encontró palabras, atención ni contención emocional.
El hilo conductor entre estos
casos no es la casualidad ni la fatalidad. Es la negligencia colectiva. Hogares
desbordados por conflictos no resueltos, escuelas sin suficientes orientadores,
comunidades que prefieren mirar hacia otro lado y un sistema de salud mental
que actúa solo cuando la tragedia ya se ha consumado.
La niñez dominicana está
creciendo en medio de precariedades emocionales invisibles, pero devastadoras,
que solo llaman la atención pública cuando se convierten en muerte o escándalo.
La depresión, los trastornos
de conducta y el trauma no explican por sí solos estos hechos, pero su falta de
diagnóstico y tratamiento oportuno crea el terreno fértil para que la violencia
emerja de las formas más crueles. Ignorar esta realidad es seguir condenando a
más niños al silencio, a la agresión o a la muerte. Cada caso es una
oportunidad perdida de intervención temprana, de escucha y de prevención.
Cuando un niño mata o muere,
no estamos ante un simple titular policial ni ante un drama privado que pueda
archivarse con una sentencia judicial. Estamos frente al colapso de la
protección familiar y al fracaso de un Estado que no previene, no acompaña y no
escucha.
Cada uno de estos hechos es
una advertencia clara y dolorosa, mientras la salud mental siga siendo un tema
secundario y la infancia continúe desprotegida, estas tragedias seguirán
repitiéndose. Y entonces, como sociedad, ya no podremos alegar sorpresa ni
conmoción. Solo nos quedará asumir, con vergüenza, nuestra responsabilidad
colectiva.
Por: Ramón Ceballo.
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