Prevenir crisis de salud mental exige actuar sobre sus causas
La salud mental constituye uno de los principales
desafíos de salud pública de la República Dominicana. Sin embargo, durante
décadas, las políticas implementadas han estado orientadas principalmente a
responder a las crisis psiquiátricas, las hospitalizaciones y las emergencias
emocionales, más que a intervenir sobre las causas que generan gran parte del
sufrimiento psicológico de la población.
Aunque
la atención especializada es indispensable, resulta insuficiente cuando
factores como la pobreza, el desempleo, la violencia intrafamiliar, la
inseguridad ciudadana, el consumo de sustancias y la exclusión social continúan
afectando la vida de miles de personas. La evidencia científica demuestra que
muchos trastornos mentales están estrechamente relacionados con estas
condiciones, por lo que la prevención debe convertirse en el eje central de
cualquier política pública en esta materia.
La
realidad muestra que gran parte de las personas que llegan a una emergencia
psiquiátrica han convivido durante años con situaciones de estrés, conflictos
familiares, precariedad económica o experiencias traumáticas que nunca fueron
atendidas oportunamente. Cuando el sistema interviene únicamente en la fase
crítica, actúa sobre las consecuencias y no sobre las causas.
Por
ello, una de las principales prioridades nacionales debe ser integrar la salud
mental al primer nivel de atención. Necesitamos pasar de un modelo reactivo a
una estrategia preventiva e integral de salud mental. Para eso los centros de
atención primaria pueden desempeñar un papel decisivo en la detección temprana
de la depresión, la ansiedad, las adicciones y el riesgo suicida. Identificar
estos problemas a tiempo reduce complicaciones, hospitalizaciones y costos
humanos y económicos.
Asimismo,
resulta indispensable ampliar la capacidad de atención en crisis mediante más
unidades especializadas, equipos comunitarios de intervención y servicios
accesibles en todo el territorio nacional. Sin embargo, ninguna expansión será
suficiente si no se fortalecen simultáneamente las acciones preventivas y
comunitarias.
Una
situación que merece especial atención es la de las personas privadas de
libertad. Diversos estudios han demostrado que la población penitenciaria
presenta mayores niveles de depresión, ansiedad y estrés postraumático que la
población general. Además, las condiciones del encarcelamiento pueden favorecer
secuelas psicológicas como hipervigilancia permanente, miedo constante,
insomnio, irritabilidad y dificultades para confiar en los demás.
Esta
realidad obliga a preguntarse si el sistema penitenciario está logrando
realmente rehabilitar a quienes cumplen condena. La reinserción social requiere
mucho más que el cumplimiento de una pena; exige acceso a atención psicológica,
tratamiento de adicciones, educación y programas de acompañamiento que
faciliten el retorno a la vida comunitaria.
Otro
obstáculo importante continúa siendo el estigma asociado a los trastornos
mentales. Muchas personas retrasan la búsqueda de ayuda por temor a la
discriminación o al rechazo social. Combatir estos prejuicios requiere
educación, campañas permanentes de sensibilización y una mayor participación de
las comunidades en la promoción del bienestar emocional.
A
estas limitaciones se suma la insuficiente inversión pública en salud mental y
la escasez de profesionales especializados. Organismos internacionales como la
Organización Mundial de la Salud han insistido en la necesidad de aumentar los
recursos destinados a prevención, atención comunitaria y servicios
especializados. Sin embargo, la disponibilidad de psiquiatras, psicólogos
clínicos y otros profesionales sigue siendo insuficiente para responder a la
creciente demanda de atención.
La
salud mental no puede seguir siendo entendida exclusivamente como la atención
de enfermedades o crisis psiquiátricas. Debe asumirse como una responsabilidad
colectiva que involucra educación, empleo, vivienda, seguridad, justicia y
desarrollo social. Prevenir las crisis comienza por enfrentar los factores
sociales e institucionales que las generan. Solo así será posible construir una
sociedad más saludable, inclusiva y capaz de responder eficazmente a los
desafíos emocionales de nuestro tiempo.
Por: Ramón Ceballo.
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