Acuerdo cielos abiertos: un gran engaño disfrazado de progreso
La firma del acuerdo de cielos abiertos entre República
Dominicana y Estados Unidos se presentó ante el país como la llave maestra para
abaratar los boletos aéreos, multiplicar el turismo y modernizar la aviación
nacional. La narrativa oficial fue impecable: más competencia, más rutas, más
oportunidades. Pero cuando se apagan las cámaras y se leen las letras pequeñas,
el tratado huele más a entrega que a apertura. Es, en esencia, un gran engaño.
DAVID CONTRA
GOLIAT SIN HONDA
Un acuerdo de cielos abiertos
elimina los límites que los Estados imponen a las aerolíneas extranjeras:
número de vuelos, ciudades a servir y, en muchos casos, la fijación de tarifas.
En teoría, es el paraíso del libre mercado. En la práctica, solo funciona entre
economías con capacidades similares. Y ese no es el caso.
Estados Unidos entra a este
acuerdo con tres aerolíneas globales —American, Delta y United— que juntas
operan más de 2,500 aviones, tienen acceso a capital a tasas del 4%, y dominan
los sistemas de distribución y los programas de lealtad. República Dominicana
entra con aerolíneas que no superan las 20 aeronaves, pagan financiamiento por
encima del 10%, y todavía luchan por certificarse ante la FAA para volar a
territorio estadounidense.
Poner a competir a Arajet o
Sky High con Delta es como poner a boxear a un peso pluma contra un peso
completo. El resultado está cantado. Las aerolíneas estadounidenses pueden
darse el lujo de operar rutas como Santo Domingo–Nueva York a pérdida durante
meses, con tarifas de 199 dólares, hasta que la competencia local se asfixie.
Una vez logrado el objetivo, las tarifas regresan a 450 o 600 dólares. El
pasajero aplaudió el descuento inicial y después paga el monopolio. Eso no es
libre competencia. Es dumping con aval diplomático.
A esto se suma el tema de los costos estructurales. El
combustible de aviación en República Dominicana es de los más caros del
continente por la carga impositiva. Las tasas aeroportuarias y el cargo de
US$10 por pasajero hacen que despegar desde Punta Cana o Las Américas sea hasta
30% más caro que hacerlo desde San Juan o Miami. El acuerdo no tocó ninguno de
esos temas. Les abrimos el cielo, pero no nivelamos la pista.
EL FALSO
BENEFICIO
El gran argumento de venta fue
el turismo. Nadie lo discute: más vuelos desde EE.UU. equivalen a más
visitantes, más habitaciones ocupadas y más empleos en la zona Este. Pero el
acuerdo se vendió también como un alivio para la diáspora, para el dominicano
que viaja dos o tres veces al año a ver a su familia. Ahí está la trampa.
Las aerolíneas estadounidenses
no tienen compromiso social ni mandato de servicio público. Su lógica es
puramente financiera. Van a explotar las rutas de alto volumen: SDQ–JFK,
PUJ–MIA, STI–EWR. ¿Qué pasará con las rutas secundarias que hoy sostienen las
líneas locales? Santiago–Boston, Puerto Plata–Newark, La Romana–Filadelfia. Si
no dejan margen, se cancelan. Y cuando la aerolínea dominicana quiebre por no
poder competir en las rutas principales, nadie cubrirá esas rutas “finas” que
conectan a la diáspora con su pueblo.
Además, no hay verdadera
reciprocidad. Mientras una aerolínea de EE.UU. puede mañana abrir 14 vuelos
semanales a cualquier punto de República Dominicana sin pedir permiso, una
aerolínea dominicana que quiera aterrizar en Nueva York enfrenta un muro: slots
limitados en JFK, costos de handling que triplican los de Las Américas y
auditorías de seguridad de la FAA que tardan años. El cielo está abierto para
ellos. Para nosotros sigue con candado.
¿QUE DEBIO NEGOCIARSE?
– Un período de
transición de
cinco años para que las líneas locales se fortalezcan.
– Eliminación
del impuesto al Avtur y
la revisión de las tasas aeroportuarias, porque no se puede competir con un
grillete en el pie.
– Cuotas de
reciprocidad: por
cada nueva ruta que abra una aerolínea de EE.UU., garantizar un slot y
condiciones justas para una dominicana.
Nada de eso se hizo.
Un país que no tiene una línea
bandera fuerte termina siendo rehén de las aerolíneas extranjeras. Pasó en
varios países de Centroamérica. Sin control de su conectividad, el día que haya
una crisis, una huelga o un simple cambio de estrategia comercial, nos quedamos
aislados y a merced del precio que ellos impongan.
Firmar este acuerdo sin blindar la aviación local no fue un acto de apertura. Fue un acto de ingenuidad o de entreguismo. El tiempo dirá cuál de los dos. Mientras tanto, el “gran logro” empieza a mostrar su verdadero rostro: un gran engaño con sello oficial y aplausos prestados.
No hay comentarios