La diáspora dominicana no es un apéndice, es una columna vertebral
Durante décadas nos han tratado como un
apéndice. Como una nota al pie en el presupuesto, como una mención de ocasión
en el discurso del 27 de febrero, como una foto obligatoria cuando un
funcionario aterriza en el JFK. Pero es hora de decirlo sin eufemismos: la
diáspora dominicana no es un apéndice del país. Es su columna vertebral.
Y una columna vertebral no se adorna. Se
cuida. Se sostiene. Se protege.
Somos tres millones de dominicanos
viviendo fuera, según los datos más conservadores. Más de 2.4 millones solo en
Estados Unidos. Si fuéramos una provincia, seríamos la segunda más grande del
país, solo por detrás de Santo Domingo. Si fuéramos un sector económico,
seríamos el más rentable. Solo en 2024, enviamos más de 10,700 millones de
dólares en remesas. Más que el turismo, más que las zonas francas, más que
cualquier inversión extranjera. Cada mes, cada quincena, sin falla, sin ruedas
de prensa, sin promesas.
Nosotros no mandamos remesas. Mandamos
estabilidad. Mandamos que un hijo pueda ir a la universidad. Que una madre
pueda comprar su medicina. Que una casa se pueda terminar de construir. Que un
colmado se mantenga abierto. La economía dominicana respira porque la diáspora
no deja de trabajar a 3,000 kilómetros de distancia.
Y sin embargo, ¿qué recibe a cambio?
EL GRAN VACÍO INSTITUCIONAL
¿Dónde está el programa permanente de asistencia legal para el
dominicano que enfrenta un proceso de deportación y no sabe a dónde acudir?
¿Dónde está la oficina que orienta a la madre soltera en El Bronx que no
entiende el sistema escolar de sus hijos? ¿Dónde está la política pública para
el envejeciente dominicano que trabajó 30 años limpiando edificios en
Manhattan, pagó impuestos, y hoy está solo, enfermo y sin orientación en
español?
No existe.
Lo que existe es el INDEX —Instituto de
Dominicanos y Dominicanas en el Exterior— convertido en una agencia de
relaciones públicas. Un INDEX que no indexa necesidades, sino actividades. Que
no mapea problemas, sino tarimas. Un INDEX que debería ser el 911 del
dominicano en el exterior y hoy es, en el mejor de los casos, un community
manager del Gobierno de turno.
Y no es un problema de recursos. Es un
problema de visión. Se entiende que una fiesta del Día de la Independencia en
Washington Heights genera más fotos que un operativo de orientación migratoria
en Lawrence. Se entiende que un cóctel con empresarios en Madrid genera más
aplausos que un taller de salud mental para jóvenes dominicanos de segunda
generación que crecen entre dos culturas y no pertenecen del todo a ninguna. Lo
entendemos. Pero no lo aceptamos.
SIETE DIPUTADOS Y UNA PREGUNTA INCÓMODA
Tenemos siete diputados de ultramar.
Siete curules. Siete salarios. Siete oficinas. Siete presupuestos para
asesores, viajes y representación.
La pregunta que la comunidad lleva años
haciéndose en voz baja y que hoy debe hacerse en voz alta es: ¿cuál ha sido la ley trascendental,
estructural, que han impulsado esos siete diputados para cambiar la vida del
dominicano en el exterior?
No hablamos de resoluciones de
reconocimiento. No hablamos de picar un bizcocho. Hablamos de leyes. De una Ley
de Retorno Digno que garantice que el dominicano que quiere volver después de
20 años no sea tratado como un importador sospechoso en la aduana. De una ley
que permita el voto realmente accesible y no el calvario burocrático que
tenemos ahora. De una ley que obligue al Estado a ofrecer defensa consular
mínima cuando un dominicano cae preso en el extranjero sin hablar el idioma.
Silencio.
La representación de ultramar se ha
convertido en un ejercicio de presencia, no de representación. Levantar la mano
cuando el partido lo ordena, levantar la copa cuando hay que brindar y levantar
el celular para la selfie con el líder. Mientras tanto, el dominicano real
sigue resolviendo solo.
LA DIÁSPORA QUE NOS DUELE
Hay una diáspora que no sale en las
fotos.
La del joven de 19 años nacido en
Paterson de padres dominicanos, que no habla bien español, que nunca ha ido a
la isla, pero que carga con el estigma de ser «dominicano» en una escuela estadounidense y con la culpa de no ser
«suficientemente dominicano» para su
propia familia. ¿Qué programa tiene el
Estado para él?
La de la mujer de 68 años en Providence
que cuidó niños toda su vida, que envió todo lo que ganó, y que ahora no tiene
pensión ni aquí ni allá. ¿Quién la
protege?
La del profesional dominicano en España,
con maestría y dos idiomas, que limpia mesas porque su título no es reconocido
y nadie en el consulado sabe orientarlo.
Esa diáspora no quiere fiesta. Quiere
servicios. No quiere discurso. Quiere Estado.
DE LA REMESA A LA CIUDADANÍA
El error histórico ha sido vernos solo
como una billetera. Como una fuente inagotable de dólares que se celebra en el
informe del Banco Central pero se olvida en el diseño de políticas públicas.
Si somos columna vertebral, debemos ser
tratados como ciudadanos de primera, no como cajeros automáticos con pasaporte.
Ser columna vertebral significa tres
cambios inmediatos e impostergables:
1. Transformar el INDEX de agencia de eventos a
agencia de servicios. Con metas medibles: cuántos dominicanos recibieron asistencia
legal, cuántos jóvenes ingresaron a la universidad con su ayuda, cuántos
envejecientes fueron asistidos. No cuántos asistieron a una gala.
2. Reformar la representación de ultramar. Siete
diputados sin agenda legislativa común son siete cuotas políticas. Necesitamos
una agenda legislativa de la diáspora, construida desde la diáspora, con vistas
públicas en Nueva York, Boston, Madrid, y con rendición de cuentas real cada
seis meses.
3. Crear el Sistema de Protección Social
Transnacional. Un dominicano no deja de ser dominicano porque cruzó un océano.
El Estado debe acompañarlo en su ciclo de vida migratorio: cuando se va,
mientras está y si decide volver.
Dejemos de celebrar la diáspora solo
cuando envía dinero y de olvidarla cuando pide derechos.
Porque un país que trata a su columna
vertebral como si fuera un apéndice, tarde o temprano, termina sin poder
ponerse de pie.
Y a la clase política dominicana que
cada cuatro años descubre que existimos: les avisamos desde ahora. Ya no
queremos abrazos con bandera. Queremos políticas públicas. Ya no queremos
promesas en alta definición. Queremos resultados en la vida real.
Porque resolver problemas no siempre da
votos… pero es, precisamente, para lo que fueron electos.
Por: Jhonny Trinidad.
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