De RD a Puerto Rico en yola, empujados por la desesperación
Hay una ruta que no sale en los mapas del turismo. No
tiene brochure, no tiene millas acumuladas. Va de Miches a Aguadilla, de Samaná
a Rincón, de Nagua a Isabela. Se hace de noche, en una yola de madera mal
clavada, con 40, 50, 60 cuerpos apretados, un garrafón de gasolina y una
oración. Es la ruta más vieja del Caribe contemporáneo y, al mismo tiempo, la
más actual. Cada vez que creemos que se acabó, vuelve.
Y vuelve ahora.
El viaje de República
Dominicana a Puerto Rico en yola no es una aventura. Es un veredicto. Es el
momento en que una persona decide que el mar, con todos sus tiburones, con su
Canal de la Mona que ha tragado generaciones, es menos peligroso que quedarse.
Esa es la medida exacta de la
desesperación.
No nos engañemos con la
narrativa fácil del «sueño americano». Quien se monta en una yola no sueña.
Huye. Huye de una deuda que no puede pagar, de un colmado que fiaron hasta que
lo cerraron, de un hijo que pide unos tenis que no puede comprar, de una
parcela que no da, de un barrio donde a las 7:00 de la noche hay que trancarse
porque los muchachos andan armados. Huye de la sensación más corrosiva que
puede tener un ser humano: la de que por más que trabaje, no va a salir.
Y Puerto Rico aparece entonces
no como un paraíso, sino como una puerta. Una puerta angosta, peligrosa, pero
puerta al fin. Porque Puerto Rico es Estados Unidos sin tener que cruzar el
desierto de Arizona. Es el atajo caribeño a la idea de que limpiando pisos,
cargando bloques, bregando en construcción, se pueden mandar 200 dólares a la
semana. Allá, donde aquí no se consiguen 200 en un mes.
EL FRACASO DE LA
CERCANIA
Lo paradójico es que este
éxodo ocurre en el momento en que la macroeconomía dominicana presume sus
mejores números. Crecemos 4.5%, nos dicen. Las reservas están en US$15,400
millones. Las remesas rompen récords. Pero la yola es el indicador que no
miente. Es el PIB de los que no caben en el PIB.
El dominicano que se va en
yola no es el más pobre entre los pobres. Es el que tuvo que vender una vaca,
empeñar un motor, reunir 80 mil, 100 mil pesos para pagarle al organizador. Es
un pequeño emprendedor de su propia huida. Eso revela que hay una clase media
baja, trabajadora, que siente que el ascensor está dañado. Que la educación no
le sirvió a su hijo para conseguir empleo. Que la salud cuesta. Que el crédito
lo ahoga.
Nos hemos acostumbrado a medir
el éxito del país en torres en Piantini y no en yoleros en Matancita. Y ahí
está la grieta.
EL CANAL DE LA
MONA, NUESTRA FOSA COMUN LIQUIDA
El Canal de la Mona es uno de los pasos marítimos más peligrosos del mundo. Corrientes de hasta 3 nudos, oleaje impredecible, tráfico de grandes buques que no ven una yola de 30 pies. Cada naufragio es una tragedia que dura cinco minutos en las noticias.
¿Cuántos han muerto? Nadie lo sabe. La Armada, la Guardia Costera, las
familias que nunca reportan. Se estima que por cada yola interceptada, otra
llega. Y por cada una que llega, otra se hunde sin dejar rastro. Es un
cementerio sin cruces.
Y sin embargo, la gente sigue
yéndose. Porque la desesperación no calcula riesgos. Esa es su definición.
Los organizadores lo saben.
Han profesionalizado la miseria. Ya no es el pescador que se hace un extra. Son
redes que cobran, que tienen rutas, que tiran gente al agua si ven a la Guardia
Costera. Tráfico humano puro y duro, con rostro dominicano y cliente
dominicano. Y ahí el Estado ha fallado dos veces: en prevenir y en perseguir.
¿QUE NOS DICE PUERTO RICO?
Puerto Rico también nos
devuelve un espejo incómodo. Miles de dominicanos viven allí, trabajan, aportan
a su economía, pagan impuestos, sostienen sectores enteros como la construcción
y el servicio doméstico. Son imprescindibles y, a la vez, invisibles. Muchos viven
sin papeles, en un limbo legal que los hace vulnerables a la explotación.
Irse en yola a Puerto Rico no
garantiza entrar a Estados Unidos. Garantiza entrar a la marginalidad dentro de
Estados Unidos. A vivir escondido, a no poder volver a ver a tu madre si se
enferma porque si sales no entras. Es cambiar una precariedad por otra, pero
con dólares.
Cuando alguien acepta ese
trueque, es porque la precariedad de origen ya es insoportable.
NO ES CON
LANCHAS QUE SE DETIENE
La respuesta no puede ser solo
más lanchas interceptoras. Claro que hay que perseguir a los traficantes, claro
que hay que salvar vidas en el mar. Pero si no atendemos lo que empuja a la
gente al mar, seguiremos contando muertos cada septiembre, cada Semana Santa,
cada vez que el mar se calma.
Detener las yolas exige lo que
no hemos querido hacer: focalizar de verdad las oportunidades. No solo los
subsidios, como decía hace unos días el ministro Magín Díaz. Focalizar el
empleo digno en el Este y el Nordeste, de donde sale la mayoría de las yolas.
Focalizar la educación técnica que sirva para algo. Focalizar el crédito para
el pescador, para la mujer que quiere poner un salón, para el joven que no
quiere ser motoconcho.
Exige también decirle la
verdad a la gente: que esa ruta es una lotería de muerte, que el 40% termina
preso, deportado o desaparecido. Pero decírselo no con un afiche, sino con una
alternativa real.
Cada yola que zarpa de una
playa dominicana es una moción de censura contra el relato oficial del
progreso. Nos dice que no todos van a bordo del mismo barco. Que mientras unos
discuten el crecimiento de la próxima década en un hotel de Santiago, otros
están calculando cuántos galones de gasolina necesitan para llegar a Desecheo.
Y mientras esa brecha exista,
el mar seguirá siendo más atractivo que la tierra.
El país que queremos no puede
ser el país que expulsa a sus hijos por mar.
Porque ninguna economía que
presume de crecer puede darse el lujo de ver a su gente preferir ahogarse antes
que quedarse.
Por: Jhonny Trinidad.
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